Sonaron las campanas de San Antolín…

Anunciaron que en Aitona nació un pequeñín, 

Se llama Francisco…

 Así iniciamos año tras año este día tan especial en plena celebración de la Navidad. Hoy, un año más, la Carmelitas Misioneras Teresianas queremos rendir de nuevo homenaje, felicitar en su cumpleaños a Francisco Palau i Quer, nuestro Fundador. Nada menos que 207 años!

¡207 años de andadura palautiana!

Cada 29 de diciembre las Carmelitas Misioneras Teresianas recordamos el nacimiento de nuestro querido padre fundador Francisco Palau y Quer. Hacer memoria de la vida, es tener una mirada agradecida al Dios de la Vida por hacernos partícipes de su “proyecto salvador”, Francisco es un eslabón más en la gran cadena de esta Historia de Amor de Dios hacia los hombres y mujeres creados a su imagen y semejanza.

Y desde el corazón toda la familia palautiana tenemos un recuerdo agradecido a Nuestro Fundador, al conmemorar el 207 aniversario de su nacimiento este 29 de diciembre. Él nos muestra cómo celebrar las fiestas de Navidad: “He celebrado las fiestas aquí con el Niño Jesús que prefirió una cueva a los palacios de los reyes. Estas son las fiestas de la cueva, porque Dios quiso para sí una cueva, es Dios Hijo por nacimiento (dueño) de estos sitios. ¡Qué pobreza! Yo no he dejado de ofreceros a Dios Niño y pobre. ¡Oh cuánto le place la pobreza voluntaria!” (C76,1)

 Un poquito de historia:

Francisco Palau Miarnau se casó con Antonia Quer Esteve en Aitona, abril de 1798. Bastante jóvenes, él 25 años y ella con 18. Cristianos y labradores. Tuvieron 9 hijos. El séptimo fue FRANCIS­CO, que nació un frío 29 de diciembre de 1811 y fue bautizado el mismo día.

 Sus padres tenían 39 y 32 años respectivamente. El primer hijo, Cayetano, murió al mes de nacer. La hija mayor, Engracia, tenía 11 años, José 9, Rosa 7, Antonia, que falleció al año de nacer, y Clara 2. Y llegó el bebé Francisco. Ese mismo día fue bautizado en la iglesia parroquial de Aitona, San Antolín.

 España estaba en plena dominación francesa, en “l’any de la fam”. Tres años tenía cuando acabó en España la llamada Guerra de la Independencia. En 1815 nació Teresa, requiriendo la atención de su madre en los pocos ratos libres que le dejaban las fae­nas del campo. Apenas 7 años tenía Francisco cuando nació un nuevo hermanito, el que será amigo, hermano y discípulo de por vida, JUAN (27.3.1818). Ese año celebró Francisco el sacramento de la confirmación: “Hasta la edad de siete años yo no conocí qué cosa era amar”(MR 302).

Recordamos los inicios de la vida de Francisco así:

Frente a la vega del Segre y como reclinada sobre la falda de una colina, una pequeña villa catalana se asoma al paisaje de viñas y olivares. Es Aytona, en la provincia de Lérida. Y, en ella, la luz abre los ojos del pequeño Francisco Palau y Quer el 29 de diciembre de 1811.
 
Es el séptimo de los nueve hijos que José Palau y María Antonia Quer trajeron al mundo.
Pobres y honrados sus padres. Pobre y honrado su hogar, de sencillas tradiciones religiosas.
La niñez de Francisco no presenta trazos extraordinarios ni sucesos llamativos. Nada del otro mundo, salvo algunos tempranos brotes de piedad fruto de la honda y cristiana raigambre familiar.
Niño entre niños que juegan y enredan, pero que sabe ser reflexivo y serio en los momentos que exigen seriedad y reflexión: el rosario en familia o el canto coral en las funciones parroquiales. Compañero amable y solícito amigo de los más pobres.
 “Reflexivo”, este es el calificativo con el que deseamos quedarnos en este día para ver una relectura de su propia vida que hace Francisco en uno de sus escritos. Era reflexivo, capaz de hacer lectura de su vida, pero con mirada teologal. La vida le fue descubriendo que su misión era específica, y que su corazón, era la sede del “amor de Dios” y que lo empujaba a sus rumbos.

“Dios al criar mi corazón, sopló en él, y su soplo fue una ley que me impuso y esa ley que dice ¡amarás! . Mi corazón fue fabricado por la mano de Dios para amar y ser amado, y sólo vive de amor.
Mi corazón desarrolló su pasión ya desde niño: yo amaba con pasión y esta pasión era mi tormento y mi pena. Yo no tenía de ti, Amada mía, Iglesia, la más remota noticia, no te conocía, no sabía existieras ni que fuera posible relacionarme contigo…pasé mi niñez sin conocerte…” (MR 22, 13)

REFLEXIONEMOS
1- Cuando recordamos agradecidos el día de nuestro nacimiento ¿podemos percibir la estela del amor de Dios que nos trajo al mundo para ser felices y hacer felices a los demás?

2- ¿Somos capaces de tomar en nuestras manos nuestro corazón y descubrirlo como “creado por la mismísima mano de Dios”, para “amar”? ¿Amar qué?