Cuesta decir “adiós” o, mejor, “hasta pronto” a personas de la talla del P. Federico y aunque creo que en ocasiones un silencio vale más que mil palabras, tengo claro que hoy el silencio debe ir acompañado, al menos, de unas breves palabras de reconocimiento y agradecimiento hondo y sincero, por todo lo que él ha sido y seguirá siendo en la vida de la Iglesia, de la familia del Carmelo Teresiano, en la de muchas personas y en la mía propia: padre, hermano y maestro.

Sí, maestro de vida, maestro de amar, al más puro estilo sanjuanista; maestro que tiene la facilidad de usar siempre la palabra precisa en el momento oportuno y del que se aprende por contagio.

Millones de palabras pronunciadas por Federico han quedado registradas en publicaciones que están al alcance de todos. Otras permanecerán grabadas en los corazones de tantas personas a las que este mistagogo ayudó a adentrarse por los “Caminos del Espíritu”.

Hoy me ha hecho bien recordar algunas de esas palabras tan suyas y tan significativas y creo que no puedo dejar de compartirlas. Al traerlas a mi memoria he dado gracias a Dios por haber tenido la inmensa suerte de ser acompañada por una persona que:

  • Se emocionaba al saberse “cristiano por dentro y por fuera”. Soy cristiano, soy de Cristo…
  • Tenía plena conciencia de que “en virtud de Cristo y de los dones y dotes que nos ha dado a cada uno, nos prestamos recíprocamente servicios para la salvación” (LG). Sí, Federico se alegraba y gozaba con los dones de sus hermanos, porque era listo y sabía que de alguna manera se beneficiaba de ello.
  • Se sentía profundamente feliz y se atrevía a decir: “yo vivo en un barrio bajo del paraíso”.
  • Disfrutaba dando clases, enseñando, acompañando. “Como profesor -decía él- cuando he corregido a un alumno no lo he hecho para demostrar que yo sé más que él, sino para ayudarle a entender que él puede más, que puede mejorar”. Por cierto: ¡qué buen profesor, Federico! Aunque al salir de Roma le oí decir: “no hice votos de profesor perpetuo sino de profeso perpetuo”.
  • Amaba la discreción y solía recordar las palabras de Miguel de Cervantes: “tres cosas hacen al hombre discreto: letras, edad y camino”. Las tres estaban en su haber.
  • Si te veía afanosa por las múltiples tareas o responsabilidades encomendadas, te recordaba con humor: “aunque eres una persona influyente, ten en cuenta que probablemente el futuro de la humanidad no depende de ti”.
  • Sabía de noches oscuras e incomprensiones y comentaba que “el sufrimiento es como el condimento de la vida”.
  • Fue haciéndose consciente de su terrible enfermedad y llegó a decir: “lo que tengo perdido en recuerdo, lo gano en fortaleza”.

Han sido muchas las enseñanzas del maestro bueno, del hermano carmelita, de aquel que “en soledad ha puesto ya su nido”. Estas son solo un recuerdo limitado que brota agradecido en un día tan especial como este.

Ahora que ya cesó todo y se ha roto la tela del dulce encuentro, por todo y por tanto: un gracias sencillo e infinito.

H. Sayo, cmt